Sentado en el polvo, a un tiro de piedra de la puerta del establo, José el carpintero rezaba. Tenía que tomar una decisión y no comprendía porque el Señor, tantas veces generoso con su casa, le había puesto en un sendero tan duro. No era un mal hombre, o al menos eso esperaba, pero no estaba seguro de poder soportar la vergüenza que había caído sobre él. Su primera mujer, su querida Ana, se marchó con el Señor, dejándole solo en su vejez. No sin mucho meditarlo desposó a la joven María, porque no es bueno que un hombre no tenga esposa que cuide de su casa y sus bienes. Pero no podía imaginar que la muchacha, tan dulce e inocente que le había parecido, estuviera encinta de otro hombre.
¿Cómo iba él a creer lo que ella
decía? Y sin embargo, había tenido sueños… No, no podía ser, era incluso
blasfemo. Una locura. Y allí estaba tirado en el suelo, esperando a que su
esposa diera a luz a un hijo adúltero y se preguntaba si se merecía todo
aquello. Debía repudiarla. Era la única manera de mantener su honor y la
dignidad de su casa. Le partía el corazón abandonar a la muchacha, a la que
había querido como a una hija, pero debía proceder como un hombre justo, y la
justicia exigía que la rechazara. No podía hacer otra cosa.
Se incorporó, lleno de peso en el
corazón, y echó a andar esforzándose por no volver la vista atrás. Cada paso
era como recorrer el mundo, pero era lo que había que hacer. Era su deber y su
terrible carga.
Y de repente, el sonido más
asombroso que hubiera escuchado nunca. El llanto del bebé le dejó clavado en el
sitio. Con todo lo que había pasado no había pensado en el bebé, en que
realmente había un bebé a punto de nacer. Y tenía buenos pulmones. ¡Había que
ver cómo lloraba! Había nacido fuerte. Al llanto del recién nacido se sumaron
las voces de las mujeres llamándole. ¿Le había ocurrido algo a María? ¿Estaba
bien el bebé?
Sin saber muy bien como se encontró
en la entrada del establo. En su interior, recostada sobre un lecho limpio se
encontraba su esposa, con el bebé en sus brazos. Las dos mujeres que habían
ayudado a María le hacían gestos para que se acercara, pero él estaba clavado
en el umbral. No sabía que hacer, ni que decir, y entonces ella le miró, con
esa mirada tierna que le conmovía el alma, y le sonrió. Y él se acercó.
El bebé estaba arrugado y enfadado,
llorando, como todos los bebés cuando llegan al mundo. Una de las mujeres lo
tomó de los brazos de María y lo depositó en los suyos. “Enhorabuena, José” dijo alegremente “Es un niño sano”. Iba a decir algo, pero entonces el bebé dejó de
llorar, y muy serio, puso una de sus manitas en la dura manaza de él. Tiene manos fuertes, se dijo. Y el
pensamiento hizo que algo se rompiera dentro de él. Manos de carpintero.
Miró a su esposa y miró al bebé que
tenía en los brazos. El pequeño había abierto los ojos un poquito y parecía
mirarle. Tenía la mirada de su madre. Y su sonrisa.
“Sí”
artículo apenas. Cuando consiguió volver a hablar, lo hizo lleno de orgullo.
“Sí”, sonrió, “Es mi Niño.”
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NOTA: Hace unos días, publiqué otro microrrelato con el nombre de "El establo". Este que acabáis de leer, lo ha escrito mi marido. Se nos ocurrió que podíamos escribir sobre el mismo tema, pero cada uno bajo su punto de vista. Y aquí os lo dejo, para que lo disfruteis como yo. Lo cierto es que nunca decepciona cuando se pone a escribir y por eso espero que esta colaboración no sea la última.


